Resulta muy rayano a la perogrullada seguir regando ríos de tinta en este debate tan desbordado, para favorecer la reivindicación de los derechos de las parejas del mismo sexo, pues no hay contradictor que pueda sostener un discurso inteligente que niegue el derecho a cualquiera a una institución eminentemente civil como es la matrimonial y la consiguiente adopción de hijos.
No hay más, entonces, que echar mano del humor y del irrespeto franco de las ideas cavernícolas de quienes segregan. Aunque desde luego nadie debe escapar de ser objeto de burla y ataque. Contra los ‘gays’, contra los ‘heteros’, contra los ‘homofóbicos’, contra los abstinentes, contra los asiduos. Burlas para todos, que somos poca cosa, pues basura es todo, y el matrimonio, lo más. De modo que cualquiera tiene el derecho a inscribirse en esta institución escombrera.
Mas es la burla de la persona simplemente, mero eslabón de la historia, ente efímero, el desecho, la materia de burla que somos todos, sin excepción. Pero la condición sexual es cosa aparte, cuestión que no quita ni pone y cuya burla equivale a mofarse de un negro o de quien respira mucho por la boca…simplemente no viene a cuento.
Burla indiscriminada de toda la sociedad es una solución atractiva. Como la gran idea para conseguir la paz mundial, de Ignatius Reilly, el protagonista de la inigualable novela La conjura de los necios, del autor estadounidense John Kennedy Toole. La de Reilly era una propuesta excéntrica pero con noble fin y que considero el tono adecuado para esgrimir el discurso reivindicatorio y sesudo con que nos han conmovido posiciones como las del legendario Harvey Milk y los álter ego que le han sobrevenido. Consistía en la vinculación de todos los gays a los ejércitos de sus países, pues así "no dejarían de andar de farra y desfogue, con lo cual se podría poner final a las guerras y dar un gran paso a consolidar la paz en el mundo".
Pero la realidad sí que se opone a la sátira este ingenioso antihéroe y sus utopías de trasfondos ácidos en su visión crítica.
¡Calor de toda mierda!, el consenso parece ser escribir lo que quieren escuchar que escribamos en aras de la corrección. Y entonces hay que ver el comportamiento artificioso de quienes opinan por escrito y en discuciones académicas de este corte: echan mano de la constitución, exigen a grito herido equidad, se rasgan los trapos en pro de la inclusión y la tolerancia, condenan ceñudamente a homofóbicos, hieráticos, dogmáticos, fundamentalistas.
Pero en su estado natural, en sus círculos amistosos donde actúan con naturalidad, donde los ídolos pasan a ser virilidad, dinero, promiscuidad, machismo, o la muy alabada ‘viveza’ (mejor si es con dejo antioqueño).
Son estos mismos que se fingen civilizados, comprensivos, librepensadores, los que por ejemplo, y voy al anecdotario, en una salida grupal de un equipo deportivo masculino: alabaron mujeres bellas y famosas que en otras ocasiones han desdeñado por vacías, inflaron pecho contando anécdotas machistas y promiscuas, se burlaron de la condición amanerada de un compañero ejecutando mohines despectivos, contrataron y ‘pordebajearon’ prostituta, ridiculizaron al denominado ‘tonto’ del grupo, se perfilaron como los avispados de su círculo social, tomaron más que el otro, y por consiguiente se consolidaron como menos ‘niñas’, más machitos.
Es obvio que este discurso es mal visto sit bien glorificado. Así que la connotación de “perversión hispano burguesa”, con que calificó al homosexualismo el majadero de Pavlov con su conductismo trasnochado, sigue y me temo que seguirá en la turbia conciencia de la cultura de nuestro país.

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