Periodismo de profundidad

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El diablo político de occidente




Felipe Motoa
 
El diablo es nada menos que una figura retórica minuciosamente construida por la iglesia y las morales religiosas. El uso que hoy le dan personas que todavía  creen en la mística de sus existencias es menos peligroso que la adecuación  que de ese ser fantástico han hecho gobernantes, políticos y fundamentalistas para justificar sus acciones o señalar a sus enemigos de causa.
   Bien sugiere Simon Pieters en su texto Diabolus que los mecanismos imaginarios de ciertas disciplinas mágicas se mantienen tal como eran hace diez o doce mil años. No mucho han variado las creencias en seres sobrenaturales capaces de regir el destino de la humanidad, en una suerte de nominaciones donde el dios judío-cristiano tiene analógicamente la misma posibilidad de ser que Satanás. No es menos imaginativo e imposible de existencia un dios por el hecho de encarnar el bien, pues tiene la misma connotación quimérica que del mal se hace con el demonio. La fe es creer en lo que no está, en lo que no existe, dice Nietzsche, y con seguridad el hombre es demasiado crédulo, más de lo que debería.
   No es un afán racionalista el que mueve este comentario hacia el intento de deslegitimar la existencia tanto de dios como del diablo, sino un interés práctico y reflexivo sobre la inconveniencia de utilizar estos seres mitológicos en una sociedad, que a juicio personal, debería eliminarlos. Creer en el hombre puede ser necio, pero no más necio que creer en cosas que no están.
   Leer a Denis Rougemont cuando señala que Hitler es la encarnación del mal supremo o anticristo, no es más que leer una expresión retórica de incapacidad humana de aceptar que el hombre puede ser excesivamente malo por cuenta propia; es defenderlo y otorgarle una justificación metafísica y quimérica a sus actos. Esa es una cara de la moneda.
   La otra cara no es menos alentadora. Cuando se escuchaba a George W. Bush enarbolando las banderas de la democracia y la justicia, asegurando que Osama Bin Ladem era la propia encarnación del demonio y viceversa (en la respuesta que desde oriente medio se da a la expresión de Bush), no puede uno menos que echarse a reír o a llorar. Adjetivar al otro como demonio, no es muy distinto que deshumanizarlo, que desprenderle de su dignidad de persona, y así excusarse de cometer cualquier barbaridad. Bien lo hicieron los paramilitares cuando en sus masacres justificaban sus actos, aseverando que el guerrillero es un animal, argumentando que en esas condiciones sus asesinatos no revestían problema, pues acababan con una peste, le hacían un bien al país.
   Hoy más que nunca, a la luz de ejemplos como los de George Bush, entra como anillo al dedo la postura de Freud, cuando indicaba que las masas se mueven por sugestión. Sugestión de tener el demonio entre nosotros, de diablos de dos patas. Así, con ese afán de fantasear y no creer que es el hombre mismo el único culpable de sus desgracias, no se puede llegar a nada. La religión y el satanismo son iguales, en su condición de mentira.    

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